For, otro videojuego en una galería de arte

For, otro videojuego en una galería de arte

 

Cuando la exposición del MoMA acababa de romper barreras sobre la consideración artística del videojuego, el programador y artista Brent Watanabe ha roto una nueva lanza con la inauguración de una exposición pictórica en la galería Kittredge de Tacoma, en Washington. En la muestra, junto a varias pinturas conceptuales, el visitante se encuentra con una obra en la que, sobre tres lienzos, puede interactuar como si de un videojuego se tratara.

La iniciativa vuelve a poner sobre la mesa un intenso y actual debate sobre la dimensión artística del mundo de los videojuegos. Debate estéril a tenor de la gran importancia cultural que el género ha representado en las últimas décadas y sobre el papel que juega en muchos aspectos de la creación artística, fundamentalmente en lo tocante al arte de vanguardia, que utiliza elementos icónicos de la sociedad moderna.

For, que es el nombre que recibe la obra, es un tríptico de pinturas de Cable Griffith en el que el software del juego, programado por Brent Watanabe, se proyecta y controla mediante un mando de NES. Las pinturas contienen el entorno del juego y el jugador puede interactuar básicamente con cualquier cosa inanimada, sin movimiento.

El software se compone del Sprite que representa al personaje del jugador, los enemigos y monedas y power-ups. El juego en sí es bastante sencillo. El sistema de puntuación sigue el estilo clásico de las recreativas y hay una gran cantidad de plataformas, al estilo de Super Mario Bros (del que utiliza hasta sus sonidos), que están hábilmente insertadas en las pinturas. Una vez que el jugador llega a la parte superior de la pintura, sólo tiene que caer hasta el fondo de nuevo. Así, hasta que muera.

Sobre la base, no se trata más que de un videojuego que utiliza una pintura como fondo de soporte. Pero, en realidad, se trata de todo un alegato a la reflexión, al papel que ha jugado el videojuego en la cultura mundial de las últimas tres décadas, a su capacidad de actuar como medio de comunicación, de transmisión y a la madurez que su género está alcanzando, lo suficiente, como para colarse en las galerías de arte y reivindicarse a viva voz.